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Por Marcelo Martín. Aportes de Claudio Gómez

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, la vida de aquellos alemanes que habían rechazado el régimen nazi dio un giro inesperado que lejos estuvo de devolverle tranquilidad a sus vidas: ahora, debían demostrarle al resto del mundo que, sin más armas que el silencio, la precaución y el miedo, ellos habían despreciado las atrocidades gestadas durante el gobierno de Hitler.

En 1949, los aliados (EE.UU; la ex URSS; Inglaterra y Francia), se dividieron los restos del territorio de la vieja Alemania nacionalsocialista y marcaron así el comienzo de un Nuevo Orden Mundial.

Partida al medio, Alemania asistió a la insólita convivencia de un país con dos comandancias, perfectamente diferentes, plenamente distintas. Por un lado, quedó, al Este, la República Democrática Alemana (RDA); por el otro, al oeste, la República Federal de Alemania (RFA).

Sin embargo, el descontento por las diferencias en las formas de vida puso a las fugas de moda. La gente huía del este hacia el oeste, del comunismo hacia el capitalismo. Hasta los propios soldados de RDA saltaban los precarios alambres que partían la geografía alemana. Ante esas circunstancias, el gobierno de la Alemania comunista cercó la frontera con Berlín occidental, entrada la madrugada del 13 de agosto de 1961: Nacía el Muro de Berlín.

A nueve días de iniciada la construcción del muro, Ida Siekmann, una enfermera de 58 años, conocería el rigor con que serían penados quienes pretendieran escapar al otro lado. La última víctima resultó ser Chris Gueffroy, de 20 años, el 6 de febrero de 1989, nueve meses antes que comenzara la caída de la inexpugnable pared.

El 9 de noviembre de 1989, casi 40 años después, un tramo del famoso muro cedió, pero no naturalmente, fue derribado por la presión popular, por la opresión, por la libertad.

El Muro de Berlín estuvo en pie 28 años, dos meses y 26 días. Fue el símbolo trágico de la denominada Guerra Fría entre el Este y el Oeste, y, acaso, constituyó las más acabada representación de los desquicios de la condición humana.

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